así es como estamos todos en este país, pendientes del 4 de noviembre. Porque, nos guste o no, lo que sucede en Estados Unidos sigue y seguirá marcando el ritmo de la economía global (izada). Que nadie olvide que todo lo que ahora estamos padeciendo nació con la famosa crisis de las subprime, aunque algunos economistas se empeñen en sostener que ésa no fue la causa, sino la consecuencia, pero en lo que concierne a Europa, es la “consecuencia causante” (si me permiten el giro lingüistico).
El actual presidente norteamericano ya no despierta simpatía ni entre los suyos. Colin Powell lo dejó muy clarito estos días. Y la necesidad de un cambio ya no es algo que se huela en Norteamérica, sino en cada esquina y cafetería de nuestro país. Barack Obama parece haberse erigido como “el salvador”, una exageración, dicho sea de paso, propia de la idiosincrasia yanqui. Pero más allá de cualquier cuestión ideológica, de cualquier inclinación política, lo que sí parece claro es que, una vez más, Estados Unidos, con todos sus defectos (léase Guantánamo, guerra de Irak, etc.) nos ha dado una lección. Al otro lado del Atlántico es posible que un hombre hecho a sí mismo, de 46 años, se perfile como más que probable presidente del llamado “país más poderoso del mundo”.
A Obama nada le vino de “herencia” familiar, ni de estructuras de un partido que, hasta hace bien poco, se inclinaba más por la “dinastía Clinton” que por un desconocido senador de Ilinois. Algo debe quedar, pues, de aquel “país de las oportunidades” que llamaban nuestros ancestros europeos cuando un “desapadrinado” llega a donde ha llegado. Y ésa es la lección que debemos aprender en nuestro país, donde la rígida estructura de los partidos políticos (de todos, sin excepción) impide que nazca un Obama, o hace que, si nace, los inamovibles muros de los aparatos del partido (insisto, cualquiera), con sus anacrónicas listas cerradas, le corte la cabeza antes de que salga a la luz.
Cabe, entonces, preguntarse si sucede lo mismo con los empresarios: si alguien, de la nada, allá, al otro lado del charco, puede llegar a ser un “Obama” de los negocios, y si aquí, por el contrario, seguimos sesgando cabezas (el país de la envidia, nos llaman...) de quien pueda demostrarnos que es “mejor que nosotros”.
Si estamos, pues, atentos a lo que sucedará el 4 de noviembre, porque nos guste o no, nos va a influir (y mucho), quizá sería bueno que no miráramos sólo al otro lado del Atlántico cuando hay elecciones. Tal vez, sólo tal vez, nuestro exceso de chovinismo, de mirarnos al ombligo, está siendo la principal limitación para que en nuestro país, también, puedan nacer “Obamas”, en la política y en los negocios. |