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El sexo dirigente |
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- EDITORIAL - EyF Comunidad Valenciana |
iempre se ha asociado la ‘igualdad’ de la mujer con el grado de civilización o ‘modernidad’ de un país. Sin embargo, como un jarro de agua fría llegan las estadísticas de un serio estudio internacional a decirnos lo contrario. Ese término de igualdad, de paridad –cada cual que lo denomine como quiera, que todos lo entendemos–, parece totalmente ajeno al mundo de la dirección empresarial. Y es un fenómeno, ¡ojo!, no exclusivo de España sino, como decimos, de los países del llamado ‘Primer Mundo’.
Tome nota del dato: en nuestra modernísima España, apenas dos de cada diez directivos son mujeres, y un 36% de las empresas, directamente, no cuentan con ninguna fémina en sus órganos de decisión, esto es, más de la tercera parte. En Estados Unidos, adalid de la modernidad por antonomasia, el porcentaje aún es inferior al de aquí...
Este mal que comparten ambas naciones con la práctica totalidad de los países de la UE contrasta, sin embargo, con el hecho de que las mujeres, a juzgar por la superioridad en número de tituladas que cada año salen de las universidades, están mejor preparadas que los hombres.
Por el contrario, países emergentes, sumergidos, ‘cuasitercermundistas’ cuentan prácticamente con el mismo número de directivas que de directivos en sus empresas.
¿Qué está pasando, entonces? Tras consultar a múltiples expertas en la materia, sólo cabe extraer una conclusión: el mundo de la empresa, diseñado en su día por y para el hombre, se ha estancado en esquemas que el tiempo está demostrando que son totalmente anacrónicos. La mujer se incorporó a algo que ya existía: no lo inventó, no lo diseñó. He ahí el porqué en esos países situados ‘a la cola’ de la civilización, el fenómeno es el contrario: allí la empresa nació sin una base histórica de años de dominio masculino. Y el sexo nunca fue baremo para acceder.
En nuestra empresa privada, por fuerte que parezca, sí. Expliquen si no, hechos como que en unas oposiciones, donde no importa el género, hace años que el número de juezas supera al de jueces; el de abogadas del Estado otro tanto, y así podríamos seguir con otros cuerpos funcionariales. El Estado es objetivo, no es subjetivo. Las empresas sí lo son. Y en una sociedad donde las dirigentes políticas, por ejemplo, saltan a la fama por posar en una revista o por llevar un gran escote a la ópera, ¿cómo se puede hablar de igualdad?
Urgen, pues, dos cuestiones: rediseñar el mundo de la empresa, en clave de personas –no de hombres o de mujeres– y empezar a desechar en nuestras conciencias, de una vez por todas, el rancio concepto de la mujer florero. ¿Leyes de igualdad? Filipinas no las tiene, y allí, la directiva, está a la par con el directivo.
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